El ser humano invierte una gran energía en preservar su juventud y prolongar sus años de vida.
 En el último siglo las mejores condiciones de vida, en los países desarrollados, han logrado que se prolongue la expectativa de vida en forma significativa. Sin embargo la responsabilidad de esto se deja primordialmente en el poder de la ciencia, mientras que se busca la enfermedad a través de la forma de vivir.

En la evolución de la vida influye lo hereditario por un lado y lo adquirido, en la relación con el medio ambiente, por otro. La cantidad de años y la calidad con que se vivan esos años depende en gran parte de los hábitos de vida.
La presión social hacia la enfermedad, sumado a la predisposición  orgánica y los aspectos psicoemocionales, conforman la tríada basal para el desarrollo de las enfermedades más importantes para el ser humano.

La enfermedad crónica con mayor prevalencia en el mundo es el exceso de grasa corporal (obesidad, sobrepeso) y, a partir de ello sus consecuencias orgánicas: diabetes, colesterol, aumento de la presión arterial, enfermedades osteoarticulares, cáncer, etc.; y también consecuencias psicológicas y sociales: depresión, irritabilidad, desvalorización, pérdida de autoestima, discriminación, afectiva, laboral, etc....
La mala alimentación, la falta de actividad física, el stress, el tabaquismo, el exceso de bebidas alcohólicas, dormir poco, etc. son conductas que llevan al desarrollo de enfermedades que se pueden evitar y prevenir. Actualmente hay chicos y adolescentes con obesidad grave y complicaciones que corresponderían a un adulto. Ello indica claramente que se adquieren hábitos inadecuados desde muy temprana edad.
La modificación de esas conductas es posible llevando adelante un proceso adecuado, bajo una supervisión profesional que ayude a elegir emocionalmente una manera de vivir.  
   

© Dr. Carlos W. Murua 2009.

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